Nació en Jericó (Antioquia) el 23 de abril de 1923. Su existencia ha girado en torno al periodismo, la cátedra universitaria, los viajes por los caminos del mundo, la poesía, el cuento y la novela. Bohemio prdeundo, mente reflexiva y creadora, presencia discreta. Nada traiciona a Manuel Mejía Vallego: cuando la virgen no se le aparece ante su escritorio, él se le aparece a la virgen. Su dedicación a la literatura tiene un sentido profesional: vive para la ficción aunque no de ella.
Pero en sí, es un diestro del deicio, que ha conquistado uno de los estadios más respetables en las letras nacionales. Su obra permanece fresca y de manera excepcional va de mano en mano del lector colombiano. Aunque actualmente no ha sido valorada con la prdeundidad suficiente, por lo menos la tradición del silencio no ha podido demolerla.
Por el espacio del realismo crítico cruza el tema de la violencia colombiana. Antes de llamarlos novelistas de la violencia, preferimos ubicarlos en un territorio más vasto: el mundo del realismo crítico, mundo que inscribe no sólo el fenómeno de la violencia (1948-1958) sino también la épica del hombre nacional frente a su destino histórico. El criterio de la violencia sirve más para desvalorizar a los novelistas de este conjunto que para interpretarlos en su riqueza universal. No son cronistas de un hito histórico: son creadores e intérpretes del mundo contemporáneo. El fenómeno de la violencia es una materia prima pero también lo son el sueño, los conflictos familiares, la soledad de una comunidad. Creemos que este grupo de novelistas tiene la capacidad de trascender el apocalipsis de los 300.000 muertos y de alcanzar nuevas dimensiones. Ellos exploran la nacionalidad, la identidad, el mestizaje y la conciencia de nuestro pueblo actual. Por eso, subrayamos que su clasificación e un tema de la violencia, es una camisa muy estrecha para ellos. Del mismo modo como a Mario Benedetti no lo contiene el aspecto político, asimismo la hecatombe partidista no contiene a nuestros escritores del medio siglo. Estos marcos históricos simplifican muchas veces la realidad y no permiten evidenciar el mundo diverso y pluridimensional de los consagrados.
La obra de Manuel Mejía Vallego básicamente se proyecta entre el periplo social y las herencias culturales. Éstas son tango y violencia: amor y pesadilla, nostalgia y dolor, como en su poética Prácticas para el olvido y El viento lo dijo (1977-1981).
Sus otras obras fueron: La tierra éramos nosotros (novela), Tiempo de Sequía (cuentos), Al pie de la ciudad (novela), Cielo cerrado, El Día señalado (novela),
Cuentos de Zona Tórrida, Aire de Tango (novela), Las noches de la vigilia (cuento), Las muertes ajenas, Tarde de verano (novelas), Y el mundo sigue andando, La sombra de tu paso (novelas), El hombre que parecía un fantasma (reportaje), Hojas de papel (poemas), La casa de las dos palmas (novela), Memoria de olvido (coplas), Soledumbres (poemas), Los abuelos de cara blanca (novela), Otras historias de Balandú (cuentos), Los invocados, novela próxima a salir.
Manuel Mejía Vallego ha publicado, hasta abril de 1997, once novelas –pues está a punto de ver la luz Los invocados-, seis libros de cuentos, cuatro de poesía, un gran reportaje sobre el poeta Barba Jacob (El hombre que parecía un fantasma) y un libro de ensayos sobre los ecritores antioqueños de su generación. Ha escrito, asimismo, miles de artículos periodísticos y docenas de presentaciones y prólogos para libros diversos, incluidos los de algunos de sus alumnos del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, que el escritor fundó en los albores de la década del ochenta.
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MANUEL MEJIA VALLEJO
Vio la luz en una tierra de locos y tahúres, de narradores y poetas: el Suroeste de Antioquia. Creció entre trovadores y arrieros. Y algún día, a cualquier edad, se dio cuenta de que la soledad, el amor y la angustia podían expresarse con palabras. Entonces se volvió hacedor de literatura: cuento, novela, poema, décima, copla... Desde niño se aficionó a contar cosas, pero, sobre todo, a escucharlas, "porque el que no sabe escuchar, después tampoco sabe contar". Creció entre relatos de brujas, espantos y aparecidos, y se enamoró de esa otra parte de la realidad que es el sueño.
Nació en Jericó (por accidente) el 23 de abril de 1923. "Vivíamos en Jardín, un pueblo hermoso lleno de flores. ¡Yo lo quiero tanto!. Mi abuela quería mucho a su nuera, es decir, a mi mamá. Pero mi abuela se estaba muriendo y no quería morirse sin ver por última vez a mi madre. Mi madre estaba embarazada de mí y era un poco difícil hacer un viaje hasta Jericó, que era donde vivía mi abuela. Las dos se querían mucho y entonces mis padres decidieron hacer el viaje. Mi abuela, con la alegría de ver a mi madre se mejoró y no se murió sino más tarde. Y, en cambio, a mi madre le comenzaron los dolores del parto y no se pudo devolver tal como lo tenía pensado. Y así fue como yo vine a nacer en Jericó y no en Jardín. Nací al pie de la casa de la madre Laura, la única santa que ha tenido Colombia. Es que los santos nos encontramos, así sea en la tierra...".
Su vocación de escritor le nació cuando era apenas un "pibecito": redactaba mensajes de amor para un arriero y una muchacha del servicio doméstico. Era un secretario de los amantes. Manuel Mejía Vallejo ha sido, además, cazador de palabras y culebras, hacedor de juguetes, periodista, bohemio, y padre de familia. Tiene cinco hijos: David Manuel, Pablo Mateo, María José, Adelaida y Valeria.
Cuando tenía 19 años escribió su primera novela, La tierra éramos nosotros. Esa precocidad genial suscitó en los medios provincianos el chismorreo: se decía que no era una obra suya sino de su tío político, José Manuel Mora Vásquez.
"Era niño todavía cuando serví como 'secretario de los amantes', entre un arriero y una de las del servicio de allá, en Pipintá; como ambos eran analfabetos, yo redactaba los mensajes de amor y sus respuestas. Fueron mi primera obra. Luego, cuando cumplí trece años, mi madre envió una carta donde elogiaba mi manera correcta para describir una visita a la plaza de mercado, una visita de una tía, una visita a Dios en cualquier iglesia. Me puse a pensar qué era esa vaina de escribir bien, y de ahí nació mi vocación".
Manuel Mejía Vallejo ha publicado, hasta abril de 1997, once novelas -pues está a punto de ver la luz Los invocados-, seis libros de cuentos, cuatro de poesía, un gran reportaje sobre el poeta Barba-Jacob (El hombre que parecía un fantasma) y un libro de ensayos sobre los escritores antioqueños de su generación. Ha escrito, asimismo, miles de artículos periodísticos y docenas de presentaciones y prólogos para libros diversos, incluidos los de algunos de sus alumnos del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, que el escritor fundó en los albores de la década del ochenta.
En 1963 obtuvo el Premio Eugenio Nadal de novela, por su obra El día señalado. En 1989 se ganó el cotizado premio Rómulo Gallegos, por su novela La casa de las dos palmas. Estos han sido dos entre sus muchos palmarés nacionales e internacionales logrados por su narrativa. Varias de sus obras han sido traducidas al ruso, alemán, holandés, danés, francés e inglés. También ha sido distinguido con medallas y condecoraciones en Moscú, Frankfurt, París, Madrid, Buenos Aires, Caracas, Cali, Bogotá, Neiva, Medellín, El Retiro, Caldas, Yarumal, Riosucio, Jericó y Jardín.
Con todos sus reconocimientos y homenajes, incluidos doctorados Honoris Causa, Manuel Mejía sigue siendo un hombre humilde, una suerte de montañero sin pretensiones al que nunca se le han subido los humos, porque, tal como lo dice, "primero se es hombre; después, escritor".
La numerosa obra de Mejía Vallejo, que ha merecido, asimismo, estudios de diversos investigadores y ensayistas, es muestra de una narrativa honda, que se pregunta por el dolor, la muerte, las distintas circunstancias del hombre, y encarna, como se ha dicho, el tránsito, en Colombia, de la literatura rural a la urbana.
Cuando publicó su primera novela también se generaron actos muy llamativos entre los lectores. En 1945 un guardia de la renta de Jericó le dijo una vez, en medio de una borrachera, que cargaba dos ejemplares en el carriel: uno para la mujer y otro para su amante. A fuerza de leerlos los campesinos de la región habían gastado, con sus rudas manos de labranza, varios de esos libros.
Entre sus más viejos recuerdos, están los árboles, el agua, las nubes, los montes, las tempestades, "y un sentido especial de la muerte. Yo recuerdo que se veían los farallones del Citará y entre ellos las tempestades permanentes hacia el Chocó. Entonces siempre hablaban de la muerte y yo pensaba que la muerte llegaría entre los farallones. Inclusive, ya grande, tuve algunas pesadillas en que yo veía a la muerte con su guadaña, que me venía a cortar el pescuezo... La muerte estuvo muy cerca de mí. Yo tenía un sentido de la soledad porque fui asmático hasta los catorce años. Recuerdo que mis padres me ayudaban a respirar, me levantaban los brazos porque quedaba desmayado, sin aire".
Mejía Vallejo es uno los escritores colombianos más conocidos en el exterior. Desde muy joven emprendió un periplo por distintos países, como Venezuela y Centroamérica, que además de formarlo como periodista, le dieron también vuelo en su literatura. Alguna vez le dijo a dos periodistas: "ni en literatura ni en nada se alcanza a dar todo lo que se debería dar, solo hay una vida aunque haya mil posibilidades: somos seres inconclusos, como algunas obras, y muchas veces lo mejor se nos queda en sueño, en ambición frustrada, en esbozo de lo que pudo haber sido. Pero como seguiré vivo hasta el primer minuto de mi muerte, habrá tiempo de llenar algunos vacíos de lo que me falta por hacer".
Sobre su estilo, Manuel Mejía ha sostenido que ignora si hay diferencias prdeundas entre el de sus primeras obras y las de su madurez. En él, sin embargo, se nota una evolución progresiva y una búsqueda de caminos distintos. Alguna vez declaró que lo desesperaba la monotonía de cierta literatura americana, que descubre un truco y sigue la reiteración del truco, confundible con lo que se llamaría estilo: "Hay tics nerviosos como hay tics literarios.
Me aburren los tics en el amor y la vida. Pero sobre todo en la literatura intento llegar a buscar, sino encontrar, nuevos ángulos de enfoque, nuevos puntos de vista para la conducta humana, para la visión de cada personaje. Detesto el 'tipo cédula' tan patentado en nuestra narrativa. Yo asumo la aventura".
Sobre este mismo tema, también dijo hace tiempos, en algún reportaje: "Carrasquilla no tiene tanta influencia en mí... Teníamos las mismas costumbres, la misma raza, el mismo pueblo, el mismo idioma. Mi estilo lo definiría como poético-realista. Trata de ser variado y tomar muchos ángulos de enfoque. Trato de utilizar los diversos sentidos que tiene el hombre más la intuición y lo onírico. Mi vicio ha sido el ser audaz... Me achacaron de costumbrista en La tierra éramos nosotros. Luego de realista con los Cuentos de Zona Tórrida y Cielo Cerrado. Después dijeron que era simplemente onírico por Las noches de la vigilia, y que era un prosista nato como en casi toda mi obra. Dijeron que era poeta como en las Prácticas para el olvido".
Manuel Mejía es un escritor de todas las horas, pese a que no siempre ha estado escribiendo, porque así como en momentos de arranques puede escribir once cuentos seguidos, hay largas jornadas en las cuales permanece alejado de la máquina de escribir. Aunque, como se sabe, un escritor siempre está en trance de escritura, cuando observa, cuando medita, cuando calla.
"Yo trabajo mucho la obra -ha dicho en otra entrevista-, trabajo el idioma, la trama, la estructura. No soy facilista. No escribo de un momento a otro. Algunos de mis mejores capítulos me han salido con tragos; llego, tarde en la noche, y escribo a mano, febrilmente. A la mañana siguiente lo paso a máquina. Y lo paso una, dos, tres, cuatro veces, hasta que me deje satisfecho. Tacho y tacho y vuelvo a mecanografiar".
Y como escritor serio, con demasiado deicio, Manuel Mejía es un estudioso de la lengua. Y, de contera, del hombre. Escribe con la jerga de las regiones, con el habla del pueblo, con las palabras de la tierra. Ha escrito sobre el campo, el arrabal, el suburbio, la puta, el cura, las muertes ajenas, los amores propios, los compartidos y de los otros.
Manuel Mejía ha inventado unos lugares, una mitología, algún pueblo como Balandú. Y un lenguaje. Una narrativa. Muere y resucita en cada uno de sus libros, en cada una de sus palabras. Y vive -ha vivido- a su modo, porque, como él mismo lo ha declarado, nadie morirá por él. Sigue viviendo en su finca, en Ziruma (en lengua guajira, el cielo), rodeado de pájaros y la música del viento. Y pese a su universalidad, continúa siendo un pueblerino, un provinciano lleno de susto.
OBRAS: La tierra éramos nosotros (novela), Tiempo de Sequía (cuentos), Al pie de la ciudad (novela), Cielo Cerrado, El Día señalado (novela), Cuentos de Zona Tórrida, Aire de Tango (novela), Las noches de la vigilia (cuento), Prácticas para el olvido (poemas), Las muertes ajenas, Tarde de verano (novelas), El viento lo dijo (coplas), Y el mundo sigue andando, La sombra de tu paso (novelas), El hombre que parecía un fantasma (reportaje), Hojas de papel (poemas), La casa de las dos palmas (novela), Memoria del olvido (coplas), Soledumbres (poemas), Los abuelos de cara blanca (novela), Otras historias de Balandú (cuentos). Los invocados, novela próxima a salir.
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COMENTARIOS SOBRE SU OBRA:
"El arte de Manuel se caracteriza por su honradez escrupulosa y el compromiso incondicional con su deicio. Ritmo y sonido proclaman la marcada conciencia del elemento auditivo que viene acentuándose cada vez más en su lenguaje a partir de El día señalado. Exigente consigo mismo, pule, corrige y tacha: rechaza el diletantismo. Hombre de aguda conciencia social (con raíces en el periodismo), odia la violencia ("soldado es algo que lleva pistola, fusil y bayoneta") y lamenta el juicio extremado como nuestro gran mal".
Kurt Levy.
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"Toda la obra de Manuel Mejía Vallejo corresponde a un proceso creativo que, partiendo de una tradición estética, encuentra sus propios temas, su propia forma, su propio lenguaje. Este proceso sigue las siguientes etapas... Una creación inicialmente autobiográfica, que utiliza las formas y el lenguaje tradicional de la literatura antioqueña con predominio de lo subjetivo, en donde fácilmente se confunde literatura y retórica. Esta etapa se manifiesta sobre todo en La tierra éramos nosotros. Posteriormente, se va llegando a la creación de situaciones y personajes, independientemente del contexto biográfico, trascendiendo las influencias literarias inmediatas, bien sea asumiéndolas o recreándolas. Se manifiesta ya una concepción más personal del mundo que brota de lo vivido y se confronta a lo adquirido. El lenguaje, liberándose del costumbrismo regional, tiende a lo universal característica que los críticos españoles encontraron en El día señalado, obra correspondiente a este período.
Finalmente se llega a la creación de un mundo virtual no conceptual, independiente del autor, organizado a partir de sus propios principios. Un mundo narrativo que busca una síntesis del mundo real para darle una comprensión total. El autor deja de preocuparse por "escribir bien" o por "hacer literatura". El lenguaje y la forma adquieren autonomía, alcanzando la adecuación perfecta del signo expresivo en su doble dimensión de significante y significado. A este período corresponde Aire de tango, Tarde de verano y algunas obras inéditas. Las noches de la vigilia y la producción poética anuncia superación.
En definitiva, estos tres períodos no comportan rupturas decisivas. Mas aún, los elementos fundamentales del tercero aparecen ya en el primero y la creación -autobiográfica- lírica de la primera novela, lo propiamente narrativo de El día señalado se encuentran Al pie de la ciudad y en multitud de cuentos. Algunos corresponden más a la primera etapa y otros, los reunidos en Cuentos de Zona Tórrida, a la segunda. Entre el segundo y el tercer período se encuentran Aire de tango y las noches de la vigilia, y aunque podría pensarse que Aire de tango es el punto culminante del tercer período, no es sino la introducción al lenguaje y a la forma narrativa que se desarrollará plenamente en Tarde de verano y en El mundo sigue
andando. Los procedimientos que conducen al universo de Balandú, núcleo mítico de la obra de Mejía Vallejo, aparecen por primera vez en los esquemas retrospectivos de La tierra éramos nosotros, en las evocaciones de El día señalado y en los ejes narrativos de Las muertes ajenas. Sin embargo, los tres períodos, aunque de lenta evolución no dejan de presentar grandes diferencias. Al comparar Las noches de la vigilia y La tierra éramos nosotros, podríamos pensar en diferentes autores y en diferentes contextos sociales. Si se sigue el proceso histórico hasta Las noches de la vigilia se manifiesta coherencia y unidad en una evolución que encuentra su explicación fuera de ella misma. Los cambios de lenguaje y de género implican una necesidad de creación exigida por los cambios de las ideologías estéticas y, finalmente, por las relaciones sociales en el grupo antioqueño. En otras palabras, en Manuel Mejía Vallejo existe un proceso creativo que se manifiesta en la búsqueda de un lenguaje, de unos temas y de una forma. Cada período corresponde a una respuesta parcialmente lograda, manifestación de una ideología y de una visión del mundo no estática sino dinámica. En su conjunto, podemos percibir la obra del autor como un todo coherente que busca su propia autonomía, sólo lograda en las últimas creaciones".
Luis Marino Troncoso, S.J. "Proceso creativo en las obras de Manuel Mejía Vallejo", Procultura Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Bogotá, 1986.
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"Volviendo al tema de la violencia, encontramos una estructura extraordinaria en El Día señalado (1964), de Mejía Vallejo. En esta novela el autor proyecta la significación de la narrativa en un prólogo que se puede leer como cuento aparte, y luego desarrolla dos líneas argumentales, una de índole individual y otra de índole más pública, así demoliendo toda posibilidad de ruptura del círculo vicioso de violencia".
John S. Brushwood
"Manuel Mejía Vallejo es un caso excepcional en la literatura porque alcanza una alta dimensión como cuentista, como novelista y como poeta. Creo que su mayor virtud se manifiesta en los cuentos, género en el que -si el amor no me engaña- alcanza la dimensión de Rulfo y de José María Arguedas en su primera etapa y acaso la de Borges en la última, con la gran diferencia de que la preocupación metafísica en Borges tiene un carácter filosófico y en Mejía Vallejo poético. Como novelista pienso que alcanza la dimensión de García Márquez, aunque en este género presente varias caídas que, no obstante ser fracasos, le permitieron crecer hasta alcanzar su propio tamaño".
Luis Fernando Macías, Diario de lectura: Manuel Mejía Vallejo, Biblioteca Pública de Medellín.
19.1. PREMIACIONES
19.1.1. Internacionales para sus cuentos:
1951: El milagro, Sexto Concurso anual de cuento. Caracas, Venezuela.
1952: La guitarra, Séptimo Concurso anual de cuento. Caracas Venezuela. Tercer premio.
1955: Tiempo de Sequía, Concurso internacional de cuento, auspiciado por el diario El Nacional, de México. Primer Premio.
1956: Al pie de la Ciudad, Undécimo Concurso nacional de cuento, Caracas, Venezuela. Primer premio.
1956: La muerte de Pedro Canales, Concurso centroamericano de cuento. El Salvador. Primer premio.
1957: Riña para cuatro gallos, Concurso nacional de cuento autóctono de Manizales. Colombia. Primer Premio.
19.1.2. Premios nacionales y extranjeros de novela:
1958: Al pie de la ciudad, Concurso de la Editorial Lozada. Buenos Aires, Argentina. Segundo Premio.
1963: El día señalado, Premio Eugenio Nadal. España.
1972: Las muertes ajenas, Premio Casa de Las Américas, mención especial, La Habana, Cuba.
1973: Aire de tango, Premio Vivencias en la I Benial Colombiana de Cali.
1979: Las muertes ajenas, mención especial, primer Concurso nacional de novela Plaza y Janés.
1989: La casa de las dos palmas, Premio Rómulo Gallegos. Caracas, Venezuela.
19.1.3. Premios nacionales de cuento:
1959: Aquí yace alguien, Segundo Premio en el Concurso nacional de cuento auspiciado por el diario El Tiempo, de Bogotá.
1962: El sillón del forastero, tercer premio en el Concurso nacional de cuento, auspiciado por el diario El Colombiano, de Medellín.
1963: La venganza, primer premio en el Concurso nacional de cuento de Bogotá.
19.1.4. Premios internacionales de ensayo:
1956: Breve elogio de la muerte, segundo premio en el Concurso centroamericano de literatura.