 Nació en Medellín en 1893 y murió en 1974. Nieta de Mariano Ospina Rodríguez, sobrina del general Pedro Nel Ospina y hermana de Mariano Ospina Pérez, desplegó los genes del poder en sus dominios domésticos y sociales, y si hubiera podido entrar en la liza política, habría arrastrado miles de electores con su sazón culinaria, la gracia de su estilo literario y su cautivadora personalidad.
Aunque en esa época las mujeres no terminaban ni el bachillerato, ella tuvo el privilegio de contar con una ilustre maestra particular: María Rojas Tejada. Desde muy joven se dedicó a escribir cuentos, crónicas y a investigar en la cocina, y fue cofundadora de la revista femenina Letras y Encajes (1926). Esta escritora heredera de Carrasquilla y Efe Gómez, colaboró en los principales diarios del país con su estilo claro, directo y corto. Sostuvo la columna Chismes, en El Colombiano, en la cual describía con detalle las costumbres y personajes de la ciudad. Pero su colaboración más famosa fue la columna Hogar, entre costumbrista y gastronómica que publicaba semanalmente en El Espectador. Doña Sofía se ganó un sitio de humor en las letras y en las cocinas de los colombianos porque su truco estaba en mezclarle a las suculentas recetas unas gotas de sentido común, humor y anécdotas sobre asuntos de la vida cotidiana. Antioqueña devota de las tradiciones, pasó por la vida “alegre como un vaso de moscatel”, como la definió el Tuerto López. Sin posar de feminista liberada, conquistó territorios vedados a las mujeres, como el del periodismo que ejerció hasta sus últimos años, paradójicamente, en la prensa liberal. En el libro “Crónicas” (1983) sus hijos se tomaron el trabajo de recopilar esos “cortos y sencillos parrafitos”, como los llamaba ella. Su primer libro publicado, “Cuentos y crónicas” (1926), pide a gritos una segunda edición. En el prólogo don Tomás Carrasquilla exalta sus dotes literarias para el cuento y le dice: “Usted, mi señora doña Sofía, es la llamada a escribir novelas sobre estos hogares de Medellín, que tienen tantos matices, tanto noble e interesante[...]”. También publicó doña Sofía “Don de gentes”, “La abuela cuenta”, “La cartilla del hogar” y su famoso libro de cocina “La buena mesa”, con el que salvó unos cuantos matrimonios gracias a sus fórmulas mágicas. Ellas comentan Cuando en una reunión femenina se pone en discusión algún tema que interese al conjunto (que desde luego no habrá de ser de la pesca, la caza o los negocios) es cosa que entretiene, al escuchar los encontrados comentarios. Si, por ejemplo, a cualquiera de las asistentes se le ocurre contar que un viudo conocido está por volver a casarse, no alcanzan los oídos para captar tan diversas opiniones: —¡Antes se había demorado mucho! Ya los hombres no esperan a que la mujer cierre el ojo, para salir a buscar reemplazo. —Es que no son capaces de vivir sin contar con su boba, que les bregue el “guayabo” de los tragos, y les siga a todos los caprichos—. Eso es cierto. Y ni les da pena de que la gente vea lo pronto que se olvidan de esas buenas señoras. Es que son tan ingratos! El gremio de los viudos queda por el suelo, y la crítica al proyecto de que se habla parece definitiva. Pero, de pronto, interviene la indulgente, que no podía faltar, y declara que no encuentra deslealtad ni ingratitud en el viudo del nuevo matrimonio; sino más bien un homenaje a la memoria de la que lo hizo tan feliz que lo dejó con ánimos de meterse en otra hondura… A esta se unen otras defensoras, y el diálogo se va animando por momentos. —Tienes razón. Si busca las cadenas después de que la voluntad de Dios lo dio de baja, es porque no lo maltrataron mucho. No faltan las sonrisas burlonas y los cuchicheos, ante las juiciosas declaraciones de las últimas. Hay quien comente que una de las que piensan así es por ser también viuda y estarse curando en salud, por si se le presenta la ocasión de otro enlace. Pero, como apoyo a lo dicho, se deja oír naturalmente, la voz de la sentimental, que analiza con acento tristón la situación de un viudo cuando queda rodeado de muchachitos, ansiosos de cuidados y de mimos que, él no puede prodigarles. El Tiempo, 17 de julio de 1965. LA LINEA El mundo femenino está de plácemes con la llegada al comercio de un famoso producto adelgazador que dizque obra verdaderos prodigios. Es un polvo con sabroso sabor a vainilla y otras esencias —propias para atraer a las señoras golosas— que disuelto en agua y tomado tres veces al día, aparta de la mente de los gordos la imagen de un pollo frito... una esponjosa tortilla... un bistec con tocineta... una crema de ostras o cualquiera otra tentación de las que los hacen caer tan frecuentemente. Nutriéndolos además con sus vitaminas y dejándolos perfectamente satisfechos. Todo esto puede ser muy cierto. Pero también debe serlo que la tal “colada” lleve consigo la melancolía al espíritu de quien la toma. Ella ha sido la compañera inseparable de todo régimen alimenticio, porque el hecho de acercarse a la mesa para no comer, o comer con desagrado es para cualquiera motivo de sufrimiento moral. Hace muchos años se puso también de moda una dieta milagrosa, a la cual me referí en el siguiente comentario que vuelve a ser de actualidad. “La palabra línea sugiere rectitud, impone sacrificio y es respetable: Línea de conducta... línea de combate... línea de fuego... Pero llega a su significado máximo cuando se dice línea femenina...”. En honor a la línea corporal muchas mujeres no solamente sacrifican todo deleite gastronómico, sino que llegan hasta el heroísmo. Cuando la aguja de la balanza pasa del límite exigido por las reglas de la estética, la señora que se pesa exhala un triste suspiro y oculta muy bien en la secreta de su billetera el desdoroso comprobante... Tomando la resolución de empezar en propia hora el tratamiento cumbre conocido con el nombre de “régimen de la manzana”. Esta dieta, efectiva sin duda, es un programa de hambre más o menos así: Desayuno: una taza de café tinto sin azúcar y una manzana. Almuerzo: cuatro hojas de lechuga, un huevo cocido y una manzana. (Les faltó el canario...) Comida: una taza de caldo desgrasado, una tostada de pan, legumbres cocidas y una manzana. Todo marcha a las mil maravillas. La señora se siente más ágil, se deleita ante el espejo observando los sorprendentes resultados y tiene que buscar costurera para que les varíe las medidas a los trajes... Pero el régimen sigue y en la tercera semana sufre algunas variaciones de consideración: Desayuno: jugo de naranja, una tajada de queso, riña con el marido... y una manzana. Almuerzo: jamón magro, “echada” del servicio.. medio tomate y una manzana. Comida: un vaso de leche descremada, un huevo escalfado, zanahoria cruda, “pataleta”... llanto y una manzana. Si el carácter no sufriera menoscabo con el régimen, todas las mujeres jóvenes y viejas, haríamos algo por contribuir a la belleza de la raza, luciendo por las calles siluetas impecables. Pero ocurre que a muchas, el hambre nos reduce el espíritu a la más mínima expresión: se nos olvida charlar y sonreír... las ideas abandonan su morada... los presentimientos siniestros nos asedian... y el sueño se niega a visitarnos sin la compañía de las drogas sedantes. No hay más remedio pues, que aceptar con resignación esa carga (que por fortuna pesa más al público que a quien la lleva a cuestas) con la seguridad de que ella, por desgracia, será eterna. Pues para colmo de males, Dios Nuestro Señor nos quitó toda esperanza de mejorar siquiera en la otra vida; al notificarnos —por boca de sus profetas— que el día del gran juicio resucitaremos con los mismos cuerpos que tuvimos en la tierra... ¡Qué lástima! Ni aún en el cielo podremos usar “suéter” y prescindir de la estorbosa fajita...
Tomado de Crónicas, 1984. EL ARTE DE CONVERSAR En las reuniones sociales del día muy pocas veces se disfruta el placer espiritual de escuchar al buen conversador. Con frecuencia encontramos en ellas personas que teniendo capacidad y temas para sostener una amena charla, optan por oír lo que dicen los demás; como si para ellas constituyera un gran esfuerzo el tener que abrir la boca... Y dejan el campo a otras, para quienes la dificultad parece consistir en saber cerrarla a tiempo... Para ser un buen conversador no se requiere deslumbrar a los oyentes con bellas frases, ni hacer gala de erudición. Eso se deja para el conferenciante, que cuenta con su clientela especial... Tampoco lo es el chistoso crónico, que corre el peligro de ofender con sus gracejos, no siempre mesurados y prudentes. Yo creo que un buen conversador puede llamarse aquel que sabe manejar la batuta en la tertulia, sin dejar decaer a los que en ella actúan como lo hace el director de orquesta con los músicos del concierto... El que acepta las interrupciones y las aliña con su ingenio o su gracia... El que habla poco de sí mismo... Y del prójimo, solamente cuando se llegue el caso de contar de él alguna anécdota sustanciosa. Y, ahora que hablamos de anécdotas, reconozcamos que siempre han sido ellas la sal de la conversación. Nada hay tan interesante como conocer la personalidad de las gentes a través de los hechos de su vida. Y el tema es inagotable, porque la humanidad es una mina que jamás acabaremos de explotar. Por ejemplo, a don Pepe Sierra —el acaudalado antioqueño que no dejó al morir sólo millones, sino también sabias reglas para llegar a conseguirlos— nos lo pinta de cuerpo entero la anécdota de la vaca: —Don José María —le dijo alguna vez el encargado de una de sus haciendas— se acaba de rodar por el precipicio una de las vacas y la encontraron muerta en la cañada... Pues no hay más remedio que enterrarla, mi amigo. —¿Enterrarla, don Pepe...? La vaca estaba sana... y los peones me piden que les deje aprovechar la carne... —No importa... Que la entierren ligerito. No quiero que se me sigan rodando las demás. Tomado de Crónicas, Medellín, 1983. LAS CARTERAS La cartera es para la mujer el adminículo más indispensable. Siempre la tiene cerca porque sabe que en ella encontrará cuanto pueda interesarle; la billetera —si no con mucho dinero, por lo menos con el pase de chofer y los retratos de las personas amadas— el rosario compañero inseparable... la polverita y su amigo el colorete... los cigarrillos y el encendedor... el estuche de los lentes... las llaves del automóvil... los “mejorales” y el pañuelito... Pero además debe caber en ella la libreta de apuntes... el botón que se le desprendió al vestido... las semillas de plantas obsequiadas por la amiga... y la receta de cocina pescada en el último costurero... parece, pues, que la hubiera construido doña Urraca... También el hombre lleva consigo en el bolsillo interior de su chaqueta una cartera delgada y fina, que es motivo de preocupación para él especialmente cuando se trata de desfiles y tumultos. Por eso lo vemos, con la mano sobre el pecho, tratando de defenderla... lo que no siempre logra conseguir... Del contenido de la cartera masculina sólo puede saberse algo verdaderamente cierto en caso de muerte o accidente, dada la resistencia con que esquiva la investigación, que pretendan hacer en ella unas manos de mujer. Lo que hace pensar en la existencia de retratos y papeluchos delatores... Hay otra cartera —la ministerial— que no se compra en almacenes, sino que se gana con notas, como los premios del colegio, y que es la más apreciada de todas... Esta lleva en su seno muchas cosas interesantes, como los proyectos irrealizables... las promesas incumplibles... y los discursos “nonatos”... Los ministros son prácticos y viven prevenidos; como lo prueban las cuartillas encontradas a algunos de ellos entre sus papeles íntimos, cuyo rótulo decía: “Discurso que improvisaré el día 25 en la inauguración...” Y aún existe un último estilo de cartera. La de uso más molesto, por sus exageradas proporciones, y es la cartera del comerciante... El vende y vende... y por lo tanto, gana y gana... Pero todo el producto entra a la cartera... cuyo peso va haciéndose tan abrumador que lo obliga a tomar vitaminas y pastillas calmantes, por sentirse nervioso y extenuado... Tomado de Crónicas, Medellín, 1983.
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